Rosalía, la única: del "Madre mía, qué lío el otro día" al concierto que nunca olvidaremos
Bailarina, monja, pecadora, hábil declarante, melancólica, cantora y cantaora, triste, feliz, estrella pop, reina del tigueraje y por sobre todas las cosas alma sensible y antena que sabe sintonizar mejor que nadie lo que piden estos tiempos. Rosalía es todo eso y mucho más, una cebolla de mil capas, una mamushka a la que siempre le queda una figura por develar. Conocimos a la Rosalía de El mal querer, aquella que actualizaba la tradición flamenca; conocimos a la Rosalía de Motomami, la que se convirtió en estrella pop global delante de nuestras narices. Y ahora nos pusimos al día con la Rosalía de Lux, la que aborda, juega, coquetea con la iconografía religiosa pero de un modo distinto al utilizado por Madonna en el siglo pasado. Aquí la catalana no busca horrorizar ni provocar para que "hablen las redes". Lo que busca es construir una catedral, un edificio imponente para habitarlo a su antojo. Por momentos la veremos pequeña, una miniatura en escena que buscará escurrirse...
