El fútbol como patria y comunidad

El deporte es capaz de unir a desconocidos y generar comunidades donde antes solo había extraños. En Nueva York, muchos latinoamericanos han encontrado un refugio en el Corona Park de Queens, donde se organizan partidos de fútbol.



En las canchas de fútbol de Queens, 
migrantes se sienten como en casa


Para generaciones de migrantes, el fútbol de los domingos en el parque Flushing Meadows Corona es más que un juego. Alrededor del balón, los jugadores conectan como lo hacían en sus países.


El equipo de fútbol más reciente en competir está formado por venezolanos, muchos de ellos recién llegados.


Ender Mora llegó a la cancha de fútbol del parque Flushing Meadows Corona un domingo por la tarde con un par de nuevos amigos venezolanos que habían bajado de un autobús en la Autoridad Portuaria de Nueva York cuatro horas antes, tras un viaje desde la frontera de Texas.


Los dos jóvenes de 20 años no llevaban calcetines, vestían solo chaquetas delgadas y parecían confundidos y agotados. Mientras esperaban su turno en la cancha, Mora, vestido con su uniforme de fútbol, se encargó de alcanzarles botellas de agua, bocadillos y abrigos.


“Sé que acaban de llegar, pero pensé que es importante que vean esto”, dijo Mora, “para que conocieran a más de nuestra gente de los que estamos ya aquí”.


Sin importar el tiempo o la estación, los jugadores se reúnen en Corona para jugar al fútbol.


Durante décadas, la cancha de Corona, Queens, a la sombra del monumento del municipio, la Unisfera, ha albergado numerosas ligas de fútbol de migrantes, en su mayoría latinoamericanos. 


Los equipos están libremente organizados en torno a la identidad nacional. El último equipo en unirse a sus filas, llamado La Vinotinto, está formado solo por venezolanos.


José Estuardo es originario de Guatemala. Muchos jugadores llegan en las motos que utilizan para el trabajo de reparto.



Se formó el pasado abril en medio de la reciente afluencia de migrantes a la ciudad de Nueva York (más de 183.000 han llegado en los últimos dos años). Mora, que lleva en la ciudad desde 2022, oyó hablar del nuevo equipo a otro migrante venezolano y no tardó en apuntarse.


Este hombre de 36 años había jugado al fútbol de manera semiprofesional en su ciudad natal, Mérida. Dice que al principio solo esperaba hacer algo de ejercicio, pero que acabó encontrando mucho más en los partidos semanales.


Los equipos se organizan en torno a la identidad nacional.


“Somos nuevos en la ciudad y siempre ayuda intercambiar experiencias”, dijo. “Alguna gente vienen solo a platicar”.


Aunque muchos integrantes de La Vinotinto han estado viviendo en albergues de la ciudad y luchan por encontrar trabajo, “venir aquí nos hace bien a todos”, dijo. “Nos ayuda a salir un poco de nuestra realidad”.



Carlo Rodríguez, quien es ecuatoriano, trabaja como peluquero y suele cortar el pelo a sus compañeros de equipo.



Con lluvia, truenos o nieve, todos los domingos llega gente a las canchas de fútbol. 


En verano, es habitual que se jueguen más de 100 partidos, organizados por decenas de ligas privadas, en unas 20 canchas a lo largo del día. 


Algunos jugadores llegan antes para arreglar agujeros en las redes de las porterías, pintar líneas frescas en el césped o colocar sillas plegables para los espectadores.


El ruido de los aviones que salen y aterrizan en el aeropuerto de La Guardia interrumpe los partidos del domingo.



Una tarde de febrero, tras una fuerte tormenta de nieve, los partidos continuaron a pesar de las malas condiciones. Jugadores de Colombia y México salieron a palear partes de la cancha, mientras otros forraban sus zapatos con bolsas de plástico para mantener los pies secos.


Algunas canchas son de tamaño reglamentario; otras son más informales, incluida una que tiene un gran árbol en el centro. Los jugadores se limitan a regatear el balón a su alrededor.


Una de las canchas tiene un gran árbol en el centro. Los jugadores se limitan a regatear el balón a su alrededor.


Un equipo está formado principalmente por guatemaltecos de la misma ciudad, Pajocá, y los jugadores se gritan indicaciones en su lengua maya, el kaqchikel. Otro equipo habla en guaraní, la lengua indígena de Paraguay. Los aviones del aeropuerto de La Guardia sobrevuelan a intervalos regulares.


Alberto M, de Guatemala, lleva mangas con el nombre
 de su héroe, Lionel Messi.


Cuando Jorge Chávez, migrante peruano, fundó en 1986 una de las muchas ligas que juegan en el parque, pretendía crear un refugio para los recién llegados, cuenta su nieto Martin Chávez.


Ahora, casi 40 años después, Martin Chávez, que nació en Nueva York y ha tomado el relevo de su abuelo en la dirección, ha visto transformarse la liga según cada nueva corriente migratoria.


Eduardo Alvarado, a la derecha, vende helados con un carrito decorado como un autobús guatemalteco.


En la generación de su abuelo, los jugadores procedían en su mayoría de Sudamérica: colombianos, peruanos, ecuatorianos y algunos chilenos.


En la década de 1990 se incorporaron más centroamericanos, y en la de 2000 los mexicanos llegaron en mayor número.

Ahora, los venezolanos.


Algunos migrantes vienen solo para ver los partidos
 y ver a sus amigos.


“La única diferencia es que ahora están hablando en las noticias que la gente está llegando, pero este lugar no ha cambiado”, dijo Luis Leal, de 56 años, quien llegó a Nueva York hace 20 años desde Guerrero, México. “Acá es donde uno se viene a comer, a convivir con nuestra gente y hacer conexiones”.


Leal, que se hace llamar Lucho y es propietario de una florería en Queens, ya no juega, pero sigue viniendo todos los domingos a animar a sus amigos.


Walter Suquitana tiene 10 años y es ecuatoriano. Muchas familias vienen a ver, comprar y hacer pícnic alrededor de los partidos durante todo el día.



Mientras que las iglesias y otras instituciones religiosas han creado redes informales para ayudar a los migrantes recientes ofreciéndoles comidas, donaciones de ropa e incluso asesoramiento jurídico, Leal dice que en el parque hay otro tipo de comunión.


“Cada domingo comulgamos con la pelota, porque no solo es jugarlo”, dijo. “Acá vemos todo desde la orilla, que es donde también uno hace los amigos. Esto nos ayuda a crear una comunidad”.



Fuente: www.nytimes.com/es

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