NO LLORES POR MI SANTA ELENA

Hay imágenes que no necesitan gritar para decirlo todo. Y estas son unas de ellas. La de una reunión en una oficina municipal, con tres representantes de comparsas y una familia que concentra el poder, una postal de época, incómoda. De esas que se parecen demasiado a la realidad.





Santa Elena fue, durante décadas, una ciudad con identidad. 


El frigorífico marcó generaciones, la pesca sostuvo familias, la chamarrita dio voz al pueblo, y el carnaval fue una verdadera fiesta popular. 


No era un evento de oficina, era una explosión de calle, barrio, bombos y pasión. Era el pueblo organizándose solo, sin marketing, sin consultores, sin apellidos repetidos en el poder.


Hoy, en cambio, lo que se percibe es otra cosa. 


Silencio. Preocupación. Gente sentada escuchando, sin siquiera expresar una sonrisa, y uno solo hablando… Eso es verticalismo. No es carnaval, es administración.


Cuando la cultura deja de ser del pueblo para pasar a una reunión ante un nepotismo, empieza a morir.


Durante años se nos dijo que la culpa era de la economía nacional, de la provincia, de la crisis, del contexto. 


Pero la verdad es que muchas de las cosas que se perdieron en Santa Elena no se perdieron solas. 


Fueron abandonadas, desmanteladas o vaciadas por decisiones políticas y por desidia.


Se perdió trabajo, se apagó la pesca, se silenció la chamarrita.


Y ahora...el carnaval —último bastión de identidad colectiva— parece ir por el mismo camino.


Las redes sociales, que a veces exageran, esta vez dicen algo, la gente ya no siente que el carnaval le pertenezca. Y cuando una fiesta deja de ser del pueblo, deja de ser fiesta.


Y esto no se trata de quién ganó o perdió plata, sino de la pérdida del alma cultural de una ciudad.


Santa Elena no necesita más oficinas llenas de apellidos fuertes. Necesita bombos en la calle, comparsas con voz propia, músicos que no pidan permiso para sonar y un gobierno que acompañe, no que mire hacia otro lado.


Si la cultura se maneja como una empresa familiar, el pueblo pasa de protagonista a espectador.


Y eso, tarde o temprano, se paga.
No con plata. Sino con la identidad del pueblo.




Fuente: La Departamental Noticias

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