Roberto Bubas: La verdad frente al dogma

Conozco a Roberto Bubas desde que éramos chicos. Compartimos aventuras, vuelos y una manera común de mirar el mundo. Lo conocí de verdad en el trabajo silencioso, en la constancia diaria, en esa forma de estar donde la ética y la coherencia se practican sin necesidad de mostrarse. Nunca buscó protagonismo: la visibilidad le llegó sola, como resultado de su compromiso, de una vida entregada a la investigación, al cuidado del ambiente y a la defensa del patrimonio natural del Chubut.





Su trayectoria trascendió la provincia y el país, obtuvo reconocimiento internacional por su investigación sobre un grupo de orcas en libertad con las que trabó amistad, siendo el único caso conocido en el mundo y que despertó enorme interés científico. 


Fue tan genuina y trascendente su tarea que inspiró el largometraje El Faro de las Orcas con actores muy reconocidos.


Justamente por esos valores, por su integridad personal, calidad de ser humano, y por su reconocimiento público, se convirtió en un blanco funcional para quienes envidiaban su protagonismo y para una militancia de género inescrupulosa. 


Su nombre quedó atrapado en una narrativa cerrada, sin matices ni presunción de inocencia, apropiada por un colectivo que, apelando a reflejos dogmáticos antes que a los tiempos de la Justicia pretendió utilizar el caso para convertirlo en un símbolo. 


Fue acusado, expuesto y juzgado en el espacio público mucho antes de que existiera un expediente, una audiencia o una sentencia.


En ese proceso, poco importaron las pruebas, los tiempos judiciales o la complejidad de los hechos. Lo central fue sostener el relato y garantizar la condena social. 


Las redes sociales, los oportunistas, los conspiranoicos, la prensa amarilla y la permeabilidad de ciertos sectores siempre atentos y adictos al escándalo hicieron el resto.


Sin embargo, cuando finalmente habló la Justicia, no la militancia ni el tribunal de las redes, lo hizo en forma determinante y con claridad contundente. 


Roberto fue absuelto de manera unánime por un tribunal íntegramente femenino, tres juezas de la provincia del Chubut que analizaron exhaustivamente la prueba, escucharon a las partes y concluyeron que los hechos imputados no sólo estaban muy lejos de poder ser acreditados sino que destacaron además su calidad humana y su calidad de padre.


Y aun así, algunos intentan desconocer el fallo, porque aceptarlo implicaría revisar convicciones, reconocer excesos y admitir que una causa legítima no puede sostenerse sobre la negación del debido proceso ni sobre la destrucción simbólica de una persona inocente. 


Cuando se avalan acusaciones falsas y se desconoce una absolución judicial, no se fortalece ninguna lucha: se debilita la credibilidad de todas.


Me produce una profunda tristeza que en la provincia del Chubut, mi provincia, nuestra provincia, que debería no sólo proteger el capital humano encarnado en sus hombres y mujeres más valiosos, sino también reconocerlo, aprovecharlo y ponerlo en valor, esto no ocurra. 


Resulta incomprensible que, en este caso y con tanta liviandad, se haya permitido la erosión de su imagen, sometiéndolo al escarnio público y reduciéndolo a un rótulo malintencionado. Todo ello dirigido a alguien que dedicó su vida a custodiar y proteger el patrimonio natural que hoy tantos declaman defender.


Roberto es mi amigo, pero por encima de cualquier vínculo personal está mi intención de señalar el uso espurio de causas injustas, la mala intención, el fanatismo ciego y la construcción deliberada de la mentira. 


Invito a quienes verdaderamente conocen a Beto, que se expresen, porque cuando el silencio se acepta como prudencia, deja de ser neutral y pasa a convertirse en complicidad.



Fuente: Daniel Wegrzin

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