La muerte de Agostina Vega debería conmover a cualquier persona de bien. Sin embargo, asistimos a un espectáculo que se repite demasiado seguido: la utilización política del dolor humano.
Hay sectores que dicen defender a las mujeres, pero parecen hacerlo de manera selectiva. Levantan algunas banderas con fuerza, organizan marchas, publican comunicados y ocupan horas de televisión cuando la víctima encaja en su relato ideológico. Pero cuando los hechos no sirven a una determinada narrativa, el silencio suele ser ensordecedor.
Esa doble vara no solamente es injusta. Es profundamente inmoral.
Porque una mujer vale lo mismo independientemente quien sea, dónde viva, cómo piense o si su historia resulta útil para una causa política. El dolor de una familia no debería medirse según su rentabilidad mediática ni su conveniencia partidaria.
La verdadera defensa de las mujeres no consiste en apropiarse de determinadas tragedias para hacer militancia. Consiste en defender cada vida con la misma convicción, exigir justicia en todos los casos y acompañar a todas las víctimas sin distinción.
Pero hay una reflexión aún más profunda que debemos hacernos.
¿Qué sociedad estamos construyendo cuando hemos perdido la capacidad de detenernos ante una tragedia para guardar respeto? ¿Qué nos está pasando cuando el sufrimiento ajeno se transforma en una herramienta de disputa política? ¿Qué valores estamos transmitiendo cuando la ideología vale más que la verdad y el relato vale más que las personas?
Vivimos tiempos donde muchos hablan de derechos, pero cada vez menos hablan de responsabilidades. Donde abundan los discursos grandilocuentes, pero escasean el respeto, la empatía, la familia y el valor de la vida humana.
Y nosotros, como sociedad, tenemos la obligación de preguntarnos si vamos a seguir utilizando las tragedias para dividirnos o si finalmente vamos a recuperar la humanidad que estamos perdiendo.
Porque cuando una sociedad comienza a seleccionar qué víctimas merecen ser lloradas, el problema ya no es político. El problema es moral.
La memoria de Agostina merece algo mejor: verdad, justicia y respeto. Todo lo demás debería quedar en segundo plano.
Fuente: bancodedatos
Comentarios
Publicar un comentario