El peso de la sombra derrumbada: El viaje olvidado de las jangadas por el Paraná.

“Río abajo voy llevando mi jangada.Río abajo por el Alto Paraná.Es el peso de la sombra derrumbada, Que buscando el horizonte bajará”.




Así empieza “El Jangadero”, la mítica canción de Ramón Ayala. La expresión “el peso de la sombra derrumbada” es una bellísima metáfora que describe a los enormes árboles cortados en los obrajes misioneros.


Para los menores de 60 años, es muy probable que la palabra "jangada" no signifique nada, ya que dejaron de ser un tema de conversación familiar. Sin embargo, quienes tuvimos la suerte de verlas pasar lentamente por el río guardamos una postal inolvidable de la historia litoraleña.


¿Qué eran exactamente las jangadas?


Eran almadías (enormes balsas) que se construían atando varias capas de rollizos de madera preciosa, talados directamente de las selvas de Misiones y Paraguay.


Su objetivo era simple pero monumental: transportar la madera flotando a la deriva hacia los aserraderos ubicados río abajo, navegando por las aguas del Uruguay y el Paraná.


La vida flotante del jangadero


La travesía de estos gigantes de madera duraba varias semanas, y la superficie de la balsa se convertía en el hogar temporal de sus tripulantes. 


Su estructura contaba con elementos muy característicos.


El "Bendito": Una especie de rancho ubicado en la popa. Se lo llamaba así por su techo a dos aguas, que imitaba la forma de unas manos en posición de oración.

El fogón: Un cajón lleno de arena sobre el cual se encendía el fuego para cocinar durante el largo viaje.

Herramientas de navegación: Un palo enorme que funcionaba como timón y una caña utilizada como botador para guiar la estructura.

La canoita: Una pequeña embarcación auxiliar que usaban para acercarse a la costa y buscar provisiones.


Un paisaje del pasado


A las jangadas se las veía pasar imponentes sobre la costa de enfrente. Al caer la noche, lo ideal era amarrar junto a alguna isla; el peligro de chocar a oscuras contra las embarcaciones que recorrían el Paraná era demasiado alto.


Contemplarlas allá, a lo lejos, deslizándose en silencio sobre el agua, producía una profunda sensación de tranquila paz. 


Un oficio rudo, una travesía titánica y un paisaje litoraleño que hoy solo vive en la memoria y en la música.



Fuente: Irma Echeverría

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