Los parásitos de una nueva IA
Las gafas, las cámaras y el ‘tamagotchi’ de Meta nos observan para entender y predecir los comportamientos del mundo real
El consejero delegado de Meta, Mark Zuckerberg, se prueba unas gafas inteligentes en la conferencia anual de su empresa. -Carlos Barria-REUTERS
La estrella de Connect, la gran conferencia anual de Meta, ha sido un tamagotchi llamado Muse AI, el primer dispositivo de asistente personal de las Big Tech.
Es capaz de responder correos, gestionar calendario, hacer regalos de cumpleaños, comprar entradas de conciertos, reservar viajes, rellenar formularios y pagar facturas.
Trabaja las 24 horas, incluso si apagas el teléfono y cierras el ordenador. Solo necesita acceso a tu correo, agenda, calendario, conversaciones, tarjetas, disco duro y a todas tus cuentas en plataformas y aplicaciones. Si necesita algo te puede mandar un mensaje, pero su manera favorita de comunicarse son las Ray-Ban.
Las famosas gafas inteligentes de Meta no sólo sirven para grabar a mujeres sin su consentimiento y compartir los videos en Internet.
Hacen conexión directa con el tamagotchi, como el reloj de El coche fantástico.
Lo mismo las Meta VR Glasses, que registran los movimientos de manos y ojos para que podamos teletrabajar, ver películas y hablar con la familia sin abandonar la realidad paralela de la simulación.
Con esos tres dispositivos, el tamagotchi podrá ver todo lo que ve el usuario y saber todo lo que hace, un acceso imprescindible para entender sus objetivos y anticiparse a sus necesidades.
También aprender a conectar su propio mundo algorítmico con el mundo real.
Los grandes modelos del lenguaje no puede comprender el mundo porque no lo habitan. Operan dentro de una descripción del mundo, un simulacro reconstruido de forma probabilística a partir de una descripción anterior.
Por eso tienen “alucinaciones”, citan a personas que no existen y atropellan a personas reales que no estaban en su entrenamiento. Este ha demostrado ser un obstáculo insuperable en el camino hacia la inteligencia general.
La solución de Yann LeCun, cuando ya era “padrino de la IA” y todavía era el jefe del laboratorio de IA de Meta, fue una arquitectura llamada JEPA (Joint Embedding Predictive Architecture), un modelo capaz de observar el mundo real y entender cómo interactúan los elementos que hay en él.
Fei-Fei Li, la “madrina” de la IA, lo llama inteligencia espacial.
Si los modelos del lenguaje fueron entrenados con todos nuestros contenidos, los modelos “del mundo físico” se entrenan con videos etiquetados por gestos o acciones.
Su fuente principal sigue siendo Internet, pero también una nueva generación de dispositivos de vigilancia pasiva que observan el mundo de los humanos y todo lo que pasa a su alrededor: cámaras timbre que graban la vía pública como Amazon Ring y Google Nest.
Cámaras frontales de coches comerciales como Tesla, que graban todo lo que pasa en el exterior. Cámaras de carretera que registran matrículas y fotografían a sus conductores, como Flock.
Pero, para ser afinados, necesitan un material mucho más escaso y especializado: vídeos de brazos y manos robóticas teleoperados por humanos, ejecutando tareas de manipulación.
Los nuevos dispositivos de Meta convierten al usuario en el brazo robótico y el operador, generando una cascada inagotable de manos manipulando objetos e interactuando con el mundo en tiempo real.
La nueva vigilancia es más invasiva que nunca, porque se cuela en todos los aspectos de nuestra vida y se expande a todo lo que tenemos alrededor.
Pero su inteligencia es la misma de los tiempos del Turco de Von Kempelen: humanos malpagados en call centers subcontratados haciéndose pasar por IA.
Fuente: https://elpais.com/opinion
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