EL DIA DE TODOS LOS SANTOS - 1 DE NOVIEMBRE - EL DIA DE ANIMAS- 2 DE NOVIEMBRE
El último domingo de octubre, mi madre cargaba en su bolsón un tarrito de Brasso, algunos trapos de algodón y un paño de lana, me ponía Pelente o 6-12 en piernas y brazos y partíamos al cementerio.

Allí nos encontrábamos con una legión de mujeres que lustraba el bronce de placas y floreros.
Se abrían los panteones, se sacaban manteles y carpetas para ser lavados y almidonados y se limpiaban vidrios y vitrales con un bollito de diario mojado.
A mí me encantaba el paseo, porque había gran cantidad de flores en los nichos y yo aprovechaba para repartir democráticamente todo lo que había en los floreros de la fila de abajo.
Como algunos tenían mucho y otros nada, me ocupaba de hacer una distribución equitativa. Cuando mi madre se daba cuenta, procedía a las devoluciones, pero muchas veces salí con la mía. La peor de las penitencias era no ir al cementerio los domingos.
En cuanto supe leer, comencé a memorizar el lugar donde estaba cada pariente, el nombre de muertos del siglo XIX, apellidos que oía en las conversaciones de los mayores y algunos que nadie recordaba ya.
Como había mucho espacio sin edificar, por esta época florecían unos cebollines con unas azucenitas rosadas que también me servían para poner en los floreros vacíos.
Todo era color y movimiento, pero había algo que no me gustaba: bajar al panteón de la Sociedad Italiana. Me daba miedo.
Lo primero que se veían eran las urnas, algunas descalabradas o carcomidas mostrando algo de su contenido y a medida que bajaba, sentía que el aire se enrarecía oliendo a flores y humo de velas rancias, entonces el frío me subía por la columna. Por lo general no había nadie abajo.
Una vez limpio todo, se esperaba al día 1 de noviembre (Todos los Santos), para poner las flores. Por ese entonces no había florerías, pero en muchas casas se vendían ramos de azucenas, lirios, margaritas, malvones y toda una variedad de rosas y helechos.
Don Olimpio Mentasti tenía siempre unos hermosos gladiolos que yo codiciaba pero nunca alcancé a sacar para desparramarlos. Hoy sigo sin alcanzar algunas cosas como la barra de los colectivos.
Por ese entonces, la gente tenía la costumbre de morir en su casa y allí se los velaba.
Estos contactos macabros a edad muy temprana, hacían que los niños de nuestras épocas sintiéramos la muerte como parte de la vida.
Ahora la gente muere en las clínicas o el hospital, se los vela en los tanatorios de las cocherías y la gente menuda no tiene contacto con la muerte real, solo ven la ficción del cine o los jueguitos.
El 2 de noviembre era el Día de Ánimas, o de los Fieles Difuntos, pero cuando llegué a la escuela, me enseñaron que era el Día de los Muertos por la Patria, y así decían las hojas de los almanaques.
Poco y nada tiene que ver esto con el Haloween de los chicos norteamericanos que salen disfrazados a pedir golosinas y a los festejos mexicanos, pero es cosa de la globalización. Hay que vender disfraces de brujas y calabazas caladas.
La iglesia católica tiene un nutrido santoral de gente buena que se toma como ejemplo a seguir.
Las letanías de los santos que rezábamos en el Colegio de Hermanas, eran larguísimas y eso que no incluían a las Once mil Vírgenes.
Pero fue el Padre Juan de la Calle, que me aclaró que ese día se recuerda a todos los que están en el cielo, la ignota gente buena, los que salieron del purgatorio y los justos que vivieron antes de la venida de Cristo.
Los otros tienen cada uno su día y su especialidad. El no lo dijo pero yo lo agregué a todos los que no tuvieron oportunidad de conocer la religión católica como los chinos, los salvajes, los egipcios y el Yeti.
Los católicos tenemos cada vez más santos y tomamos menos sus ejemplos. Tenemos medallitas, estampitas, crucecitas, nos persignamos pero nos olvidamos de Dios.
Fuente: Irma Echeverría
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